






... Bienvenidos a mi rincón, mi escondite perfecto ...


Al entrar en el almacén recuerdo su olor fuerte y seco, me
picaba en la nariz.


Y a hombros de los hombres eran descargadas y llevadas al almacén donde las colocaban apiladas, entre las vigas de madera que servían de soporte, para que no se cayeran.
Me gustaba jugar entre ellas y tirarme desde las más altas para caer en una mullida saca que frenaba mi caída.
Desde aquí se las llevaban a la fábrica, donde después de lavarlas cuidadosamente en la playa de la orilla del río, secarla en tendales bajo los chopos, la cardaban, la hilaban y en su tono natural creaban los primeros ovillos de rústica lana.

De aquí, a la tintura. Colores vivos, oscuros, naturales....todos.

Y de nombre, los de sus hijas: Lana Lourdes, Lana Pili, Lana Tati...
Otras partidas de hilo, las destinaban a confeccionar paños y mantas. Mantas 100% pura lana, gruesas, pesadas, de colores reversibles con dobladillo de raso. Las que siempre hemos tenido en casa .

Hasta que las nuevas fibras aparecieron y las convirtieron en mantas igual de calentitas pero más suaves y lijeras. Pero como todo tiene un principio y un fin, los edredones hicieron su presencia y éstas también se vieron sustituidas.
La celebración de la semana de la lana me ha traído gratos recuerdos. Me uno a ésta campaña.
Recuperemos las prendas de tacto suave y cálido de la lana.

Y para las más mañosas, les dejo este lema:
